UNA SEMANA DE MAYO DE 1810
Otro
relato del negrito Baltasar
Ya les conté
lo que pasó cuando nos invadieron los ingleses y como, unidos, los
criollos los echaron de Buenos Aires. Pero ahí se dieron cuenta muchos
de ellos, que podían vivir sin depender de España, que estaba tan
lejos, y empezaron a pensar en liberarse del dominio de los “godos”
(los españoles).
Pasaron
varios años, no sé, creo que tres o cuatro, cuando llegaron noticias
de Europa que España había sido invadida por un tal Napoleón, que lo
había puesto preso al Rey; yo, que hacia los mandados para el amo,
empecé llevar cartitas a varios amigos, y a una jabonería, donde se
juntaban algunos de ellos, ¡todos importantes!
Con levitas
y galeras, y muchos me daban para dulces.
Un día, el
señor Virrey, conociendo lo que pasaba en España, hace una proclama,
para que todos nos mantengamos fiel al Rey.
¡Pero este
estaba preso!
Mi amo y
sus amigos, que se reunían en secreto y discutían, el 21
de mayo se pusieron de acuerdo. Fueron y pidieron a don Cisneros
(el Virrey) que llame a un Cabildo Abierto.
El señor
Cisneros se agarró una rabieta, pero les tuvo que hacer caso, y
convocó a Cabildo Abierto para el día siguiente, el 22.
Mi amo y
sus amigos visitaron a más de doscientos habitantes de Buenos Aires
para que vayan al edificio del Cabildo y discutir que hacían mientras
el Rey estaba preso.
Luego de
muchos gritos y discusiones, los vecinos votaron para que se
reemplace al Virrey por una Junta de Gobierno y le dijeron a toda la
población lo que habían resuelto y el 23 de mayo los participantes
nombran una Junta de Gobierno y a don Cisneros como Presidente.
El 24 de
mayo toda la ciudad se enteró.
¡No saben
la que se armó!
Claro,
nadie quería que el Virrey siguiera participando en el gobierno. Todo
el pueblo salió a la calle y fueron a la Plaza y a los gritos pidieron
que esa junta renunciara de inmediato,
Muchos de
ellos se quedaron a pasar a la noche en la plaza, a pesar que el frío y
la lluvia molestaba bastante, y por supuesto, mi amo y sus amigos
se quedaron toda la noche en el Cabildo debatiendo lo que tenían que
hacer.
¡Ufa!
¡Cuantos mates se tomaron! Según me dijo mi hermano más grande
- que se los cebaba con otros amigos - no le alcanzaban las pavas de
agua ni los paquetes de yerba.
Muy
temprano volvieron muchos paisanos y señoras a la Plaza Mayor, frente
al Cabildo, donde mi amo, que era abogado y sus amigos, entre los que
había curas, militares, estancieros, comerciantes, doctores y más
abogados, estaban reunidos en lo que ellos decían “a puertas
cerradas”.
Yo estaba
cerca de la puerta principal junto a unos muchachos que le daban a la
gente unos pedacitos de telas blancas y celestes, y vi como todo
el pueblo se venia gritando “el pueblo quiere saber de que se trata”
y golpeaban las puertas del edificio.
Cerca del medio día, salió al balcón un
señor, que no me acuerdo el nombre y nos dijo que se había formado una
nueva Junta de Gobierno, formada por criollos y españoles que querían
la libertad; que la presidía el jefe de los soldados, Don Cornelio
Saavedra, que habían nombrado secretarios a Juan José Paso y Mariano
Moreno, y que los vocales eran Juan José Castelli, Manuel Belgrano,
Miguel de Azcuénaga, Manuel Alberti, Domingo Matheu y Juan Larrea –
qué cosa – a todos yo los conocía porque eran a los que les llevaba
las cartitas de mi amo.
Pero lo lindo vino luego, cuando se conoció en la ciudad la noticia,
todo el mundo salió a las calles y festejaron con música y bailes lo
que ellos llamaban el “Nacimiento de la Patria”, y bueno, yo también
bailé y canté hasta muy tarde, y, que curioso, el amo no me retó.