Construido nuestro Cabildo a poco de la
fundación de la ciudad, se procedió a colocar una campana en la torre
principal para informar a la ciudadanía sobre distintos tópicos.
Mediante toques especiales se anunciaba
la reunión de los cabildantes o la convocatoria a Cabildo Abierto, si es
que algún asunto de gravedad lo requería.
El toque de alerta era frecuentemente
utilizado para advertir a la población de los peligros de inundación o
posibles ataques de los indios, tan frecuentes como sorpresivos.
Mediante el toque de fuego se convocaba
a la población para que se hiciera presente munida de recipientes de agua
para combatir el siniestro y organizar el salvataje.
Con la construcción de las primeras
iglesias de Salta, la Capilla Mayor, San Bernardo, La Merced, San
Francisco, numerosas campanas se incorporaron a la vida de la ciudad,
proliferando la información sonora.
Los toques de hora suplantaban la
ausencia del reloj público, que vino mucho más tarde. Los toques de
retreta, que en los primeros tiempos de la colonia se efectuaban a las
cuatro de la tarde, significaba el cierre de la jornada laboral que se
festejaba con un paseo alrededor de la plaza. Luego venia el de oración y
muy luego el de silencio que anunciaba las horas del sueño para los
salteños de antaño.
Las campanas de Salta anunciaron
durante muchos lustros el nacimiento de los hijos varones, la paga de los
sueldos, la llegada de la mensajería y el correo desde el Sur, como así
también las resoluciones importantes del Virrey, del Gobernador o el
Cabildo.
La muerte de los antiguos salteños era
comunicada a la población mediante toques de campana denominados dobles
por practicarse en dos campanas y en forma casi simultánea, el primero en
una campana aguda y como apoyatura musical del segundo toque efectuado en
una campana grave que lo precedía, verdaderos lamentos campaneros,
utilizados emotivamente para la expresión de la angustia del duelo.
Con toques de campana de celebraban
todas las festividades, las públicas y las familiares, como cumpleaños,
casamientos y todo hecho de algún relieve social o cultural.
Llegadas las luchas de la independencia
nacional, las campanas de Salta prestaron su concurso a la causa
patriótica, alertando a la población sobre la presencia del enemigo...El
general Güemes utilizó las campanas de Salta para convocar a sus
gauchos, informándolos o haciéndose informar otras veces sobre la
presencia o proximidad de las huestes enemigas. Leopoldo Lugones en su
Guerra Gaucha, cita un emotivo episodio de campanas, alertando a los
soldados de la patria de los avances enemigos.
Al producirse los primeros choques con
los españoles, con los cañones inutilizados y tomados al enemigo se
fundió la campana de San Francisco con una leyenda que reza "VIVA LA
PATRIA", en grandes letras, que hasta hoy luce deteriorada, a raíz
de haberse intentado por manos godas borrarla a escoplo, en una de las
entradas de los españoles a la ciudad.
Ya en las luchas de la organización
nacional, las campanas de Salta siguieron prestando su oficio informativo
a la población. Durante la invasión del caudillo Varela las campanas de
la ciudad informaron sobre la inminencia de la invasión, como así
también expresaron el júbilo popular de aquel memorable 10 de octubre
por el triunfo de las armas lugareñas.
Hace 20 años nada más, las campanas
de Salta sonaban con inusitada frecuencia, verdaderas organizaciones de
campaneros perfectamente adiestrados en cada barriada de la ciudad,
aseguraban el éxito de los más complicados toques de ocasión. La
infancia y la adolescencia lugareña encontraban en aquellos tiempos gran
divertimento en la tarea y los campanarios de la ciudad se encontraban
siempre colmados de entusiastas grupos de hábiles repicadores, y la
tierra nunca abandonaba su presencia ante ese mundo grandilocuente de las
campanas.
Los dobles resultaban tenuemente
abagualados; los toques de retreta lucían alegres ritmos de carnavalitos
y en los repiques fuertes de las grandes festividades volaba siempre al
aire el alegre e inconfundible ritmo de las chilenas del Norte.
La alegría de los músicos
adolescentes se volcaba en la expresión sonora de las campanas con los
impulsos más noble del folklore, haciendo menudear los complicados
contrapuntos rítmicos, entre la agilidad de los arabescos agudos y los
rotundos graves de las grandes campanas. Los changos forjaban el
complicado oficio del bombista, perfeccionándose como campaneros.
Hoy la ciudad se ha hecho grande y la
neurosis ciudadana protestando de las campanas ha conseguido silenciarlas
mientras el chango campanero ha desaparecido prácticamente de la ciudad.
Las bocinas agresivas de los
automotores, los pitos hirientes de las fábricas, los afligidos silbatos
de las locomotoras y las variadas formas de este estruendoso existir
contemporáneo, han trocado nuestra antigua placidez provinciana por un
complejo y desorbitado muestrario de música concreta, donde las urgencias
sociales, desubicadas del paisaje, traducen las angustias espirituales de
la frenética existencia urbana, en cuyo nostalgioso recuerdo aún vive el
sueño evocativo de las campanas.
Gustavo
Leguizamón